El fin del zapato cubano

Más allá de las excelentes producciones artesanales que lucen algunos, cuando a los cubanos se les mira a los pies es fácil descubrir que prima en ellos el gusto por el calzado importado. Sea por afición o por necesidad casi todos en la Isla usan zapatos fabricados más allá de las fronteras de la Isla. Prueba de la que en una época fuera la floreciente industria peletera cubana se ha marchado para nunca más regresar.

Sí, porque Cuba tuvo, hace 60 años, antes de que la Revolución Cubana lo cambiara todo, una pujante industria productora de calzado que se extendía de arriba hacia abajo y cubría desde la obtención de los cueros hasta la venta al detalle. Marcas como Bulnes, Ingelmo, Valle y Amadeo tenían tanto prestigio que los fabricantes extranjeros no podían competir.

Cuba, incluso, exportaba zapatos. Tan abundante era la producción y tan surtido estaba el mercado que para montar nuevas fábricas se necesitaba permisos especiales de las autoridades. Tal abundancia era en buena medida consecuencia de la existencia de 68 tenerías que abastecían de materias primas a los fabricantes.

El  fin de los zapatos cubanos

Todavía hasta la década de 1980 la producción de calzado en Cuba fue alta. Esto a pesar de que el envejecimiento tecnológico, las malas políticas y la centralización de los procesos productivos habían acabado con el prestigio de la industria. Ya en ese entonces los cubanos no estaban orgullosos de sus zapatos: los veían feos y pasados de moda, pero al menos existía la industria.

Una situación que cambió radicalmente con la crisis económica de los 90 en que comenzaron a cerrarse las tenerías y estas arrastraron en su debacle a las fábricas de zapatos.

De las 68 tenerías que existían en 1958 sólo sobreviven cinco: la José Ramón Martínez, en Guanajay, Artemisa; Patricio Lumumba, Hermanos Herrada y La Raupereza, en Caibarién, Villa Clara; así como la Abel Santamaría, en Camagüey… Y sin tenerías no puede existir industria del calzado.

Estas sobrevivientes tampoco la tienen fácil a pesar de ser tan pocas. Ni para ellas alcanzan las reses y cuando reciben la materia prima les llega deteriorada, pues los animales que se sacrifican para la industria son los peores. Así las pieles arriban con perforaciones producidas por garrapatas y alambres de púas… un verdadero desastre.


Para colmo, las empresas transportistas no quieren ni oír hablar de las tenerías. Los elementos corrosivos de la sangre animal, unidos a los químicos que se agregan para la conservación de las pieles pudren las planchas de los camiones. De ahí que las tenerías pasen las de Caín para lograr que alguien les lleve la escasa materia prima y tengan que parar en múltiples ocasiones por su “carencia” a pesar de la “abundancia” de esta en los almacenes.
Las autoridades cubanas, sin embargo, sueñan con que la industria nacional abastezca de zapatos al pueblo cubano.

 

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