En Cuba La industria de los helados privadas, amenaza con “congelar” a Coppelia

La industria de los helados particulares en Cuba amenaza con echar del mercado a la legendaria Coppelia que por décadas ha monopolizado la producción  y distribución de la crema helada en la Isla.

Por más de 50 años la producción y comercialización de helados estuvo en manos de la industria estatal y algunas firmas extranjeras como Nestlé; pero la expansión del trabajo por cuenta propia ha echado por tierra esa monopolio y los cuentapropistas no sólo se van poco a poco apropiando del mercado, sino que demuestran un mejor nivel de organización y adaptación a las condiciones económicas del país.

Si antes los carritos de helado recorrían los barrios vendiendo su producto, ahora son los particulares con bicicletas y megáfonos los que hacen los recorridos vendiendo barquillos y paleticas.

De aquella emblemática Heladería Coppelia inaugurada en 1966 y que ofertaba 25 sabores distintos de helado sólo queda el nombre y el edificio. No importa cuántas reparaciones, reformas integrales y promesas pasen, al final, la oferta vuelve a caer a niveles mínimos.

Por la otra parte el mercado en divisas está cubierto por la multinacional Nestlé, que desembarcó en Cuba en 2003, y posee los derechos para producir y comercializar helados sin competencia. Desde entonces Nestlé vende cada envase del derivado lácteo entre 1.00 y 2.50 CUC.

Entre los subvencionados y casi simbólicos precios de Coppelia y los casi inalcanzables de Nestlé ha prosperado una pequeña industria privada de elaboración de helados que muestra muy buena salud.

El agobiante calor tropical y el gusto de los cubanos por los helados les han abierto el camino a un conjunto de negocios que han demostrado ser bien lucrativos. La competencia entre ellos ha estimulado, además, la variedad y calidad de la oferta. Hoy es posible encontrar helados caseros a bajos precios, que se venden de forma ambulante o en pequeños puestos; heladerías con precios intermedios (como Éxtasis Tropical o el Barquillón, ambas en La Habana); y hasta establecimientos de lujo especializados en la crema helada.

Entre estos últimos destacan Gelatto, Amore y Helad’oro, heladerías privadas donde se pueden elegir entre una veintena de sabores, se renueva periódicamente el menú y se pueden degustar tartas y croissants relleno…

El problema son los precios. Por cada bola, estas heladerías inspiradas en el modelo italiano cobran un precio 20 veces superior al de Coppelia. Pero, el que puede pagarlo lo paga y el que no tiene a su disposición otras opciones más económicas.

La calidad del helado que se oferta en estos lujosos establecimientos es superior a la de los potes de Nestlé que se comercializan en Cuba, por lo que resulta una experiencia esclarecedora sobre lo que en realidad es un helado para los cubanos que han crecido en la Isla entre muy limitadas opciones al paladar.

Para los propietarios de estos establecimientos el principal problema para la expansión de sus negocios – como para casi todos los pequeños empresarios en Cuba – son las exageradas regulaciones estatales y el acceso a las materias primas. Sobre todo lo segundo porque la leche no sobra precisamente en Cuba.

“Cuando llevas par de años en este negocio conoces los mejores proveedores para obtener los insumos. Además, amigos o familia que salen del país traen a su regreso algunos sabores que no pueden encontrarse en Cuba: el pistacho, por ejemplo”, explica la propietaria de Gelatto que vigila con atención el proceso de elaboración de los helados.

Casi todos los pequeños negocios más modestos dedicados a la fabricación de helados lo hacen con maquinaria artesanal o muy antigua extraída de las desmanteladas fábricas locales; pero esto no funciona para aquellos que se especializan en una oferta de calidad superior. Estos necesitan maquinaria especializada. El problema es que las autoridades no permiten su importación. Así y todo las que usan estas pequeñas fábricas han logrado sortear las aduanas cubanas como “importación personal”.

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