Se marchan los deportistas de Cuba

En julio pasado el presidente cubano Miguel Díaz – Canel culpó al imperialismo norteamericano de todos los males que padece del deporte en Cuba. De esa forma el mandatario cubano retomó el viejo discurso de Fidel Castro de señalar la paja en el ojo ajeno a la hora de analizar los problemas de los deportistas cubanos; una costumbre que parecía haberse diluido durante la presidencia de su hermano Raúl.

Cierto que el deporte cubano no vive sus horas más felices, pero culpar a Estados Unidos de todos los problemas que padece es un error de bulto que deja de lado otras cuestiones objetivas que han ido lastrando su progresión y desarrollo.

Cuba llegó a convertirse en una gran potencia deportiva, capaz de alcanzar un quinto lugar por países en las Olimpiadas de Barcelona 1992, gracias, en buena medida, a que destinaba una jugosa parte la ayuda soviética a sostener un movimiento deportivo completamente desproporcionado paras sus posibilidades económicas.

Al cesar la ayuda, se deterioraron rápidamente las instalaciones, se malogró la formación en las bases y los mejores entrenadores y deportistas buscaron la forma de conseguir contratos en el extranjero que les permitieran llevar una existencia decente en medio de la profunda crisis.

No se puede negar que el gobierno de Fidel Castro logró potenciar a niveles sublimes el desarrollo del deporte en Cuba. Antes de 1959, la Isla sólo había obtenido medallas en dos disciplinas olímpicas y después de esa fecha las ha alcanzado en 15; además de dominar ampliamente por mucho tiempo a nivel centroamericano y pelearle de tú a tú las medallas panamericanas a Estados Unidos en los juegos continentales.

Sin embargo, las autoridades cubanas se equivocan de punto a punto cuando culpan al bloqueo de la debacle actual del deporte en Cuba que ha hecho caer al nivel del betún a disciplinas como el béisbol en la que la Isla no tenía rival.

Tanto que la mayoría de los cubanos tiene serias dudas de que el equipo de las cuatro letras pueda ganar el boleto olímpico para participar en los juegos de Tokio.

El deporte cubano era una burbuja y como burbuja estaba destinado a explotar en cuanto empeoraran las condiciones que le rodeaban. Por eso explotó.

Primero fuero atletas aislados los que decidieron abandonar las escuadras de la Isla, luego su número aumentó. Hasta el punto que selecciones nacionales cubanas han tenido que competir en varias disciplinas con un número menor a los jugadores reglamentarios ante las deserciones masivas de jugadores en diversos torneos.

Entre la espada y la pared y de forma tardía, a las autoridades cubanas no les quedó más remedio que permitir que sus deportistas pudieran convertirse en profesionales y jugar en el “deporte esclavo”, como un día se le llamó.

Desafortunadamente la apertura parece haber llegado demasiado tarde. El movimiento deportivo ya no es ni la sombra de lo que fue y el interés de los equipos extranjeros no ha sido, por mucho, lo que el INDER creyó que sería.
Desde 2013 en que Cuba se abrió al profesionalismo, el país ha logrado contratar fuera de sus fronteras unos 130 atletas (apenas una treintena por año). Muy pocos, tomando en consideración los recursos que todavía invierte el país en el deporte.
Lo peor es que las instalaciones deportivas y el deporte en la base se siguen perdiendo y cada vez serán menos los atletas cubanos que alcancen las condiciones para competir al más alto nivel. La posición romántica de que Cuba da deportistas porque sí es totalmente ridícula. En el mundo moderno se necesitan buenas instalaciones, bueno entrenadores, buenos planes de preparación y ligas internas con un determinado nivel de decencia para poder formar buenos atletas. Cosas todas que en Cuba escasean cada vez más.
Cierto que seguirán surgiendo individualidades. Pero unas pocas golondrinas jamás harán un verano.
Ante la imposibilidad de retener por las buenas a sus mejores atletas, el Estado cubano lo intenta por las malas. De esa forma todos los que “desertan” de las delegaciones deportivas son castigados con ocho años sin poder entrar al país. Una medida que castiga también a las familias.

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