Gastronomía estatal, siempre por la izquierda

Cualquiera que no haya vivido por un tiempo en Cuba no puede concebir las malas mañas y vicios que existen dentro de la gastronomía estatal, un sector donde los empleados están siempre más pendientes de robarle a la empresa y a los clientes que de hacer su trabajo. Poco importa que el Ministerio de Comercio elabore un millón de normativas para proteger al consumidor; la gastronomía es un árbol viejo y torcido que debe ser derribado a hachazos, pues nadie logrará a enderezarlo.

Los que son viejos en la gastronomía estatal saben que el puesto más malo que existe es el mostrador. No sólo se debe lidiar con los clientes, sino que, además, muy poco se puede robar ahí. Los precios de los productos por ley tienen que estar públicos y esto es lo primero que miran los inspectores. Si estos se encuentran una “multa” el gastronómico puede perder hasta el trabajo, a no ser que consiga “convencer” al funcionario de que miré para otro lado.

Aun así, en la venta a granel se pueden hacer inventos para estafar al cliente. En las carnes jamás se entrega el gramaje correcto y si se vende pan con tortilla se hacen dos con un huevo, cuando lo que está normado es una. También se deja de entregar el cambio alegando que no hay menudo. Prácticas todas que, al final de la jornada suman un montón de pesos.

Sin embargo, el negocio más grande es colar mercancía “por la izquierda”. Los gastronómicos compran productos de dudosa procedencia y lo venden en las unidades a mayor precio. El mecanismo es simple, comprar en los mercados estatales, donde el precio es menor y revender en las unidades gastronómicas, donde está autorizado a que sea mayor.

Un pomo de refresco de cola, por ejemplo se consigue a 25.00 CUP y se revende a 1.55 CUC (una ganancia de 13.00 CUP por unidad). Igual sucede con las latas de refresco Ciego Montero que entran al IPV en moneda nacional 10.00 CUP cada uno y los gastronómicos venden en cambio en CUC a 0.55, lo que les deja una ganancia de 3.75 CUP por lata.

Con frecuencia los dependientes se arreglan con los carreros, quienes dejan en el almacén más mercancía que la que se declara para que se venda en la unidad y les entreguen luego parte de la ganancia.

Todo este andamiaje podrido subsiste por la enorme corrupción de la empresa de Gastronomía: Los dependientes sobornan a los inspectores y los administradores a los directores municipales para poder mantener sus puestos con total impunidad.
Sólo así se concibe que con 250.00 pesos de salario al mes, uno de los más bajos del país, los trabajadores de Gastronomía se aferren a sus puestos y pasen años en ellos sin abandonarlos.

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