La Cuba que yo encontré

Escribo estas líneas sentada en el piso de la sala de abordar del Aeropuerto Internacional José Martí, La Habana, Cuba. No hay un solo asiento vacío y los pasajeros, agitados por la próxima partida de un vuelo que me llevará de regreso a casa, a la otra casa, en México, me caminan alrededor y me verán, pienso, como un objeto extraño, como una cucaracha que se quedó atrapada entre la multitud sin saber para dónde ir. A veces así me siento en Cuba.
Los vuelos y el movimiento de personas han crecido considerablemente en los últimos dos años. Esa es una de las cosas que han cambiado… La mayoría no ha cambiado nada.
Vienen más turistas hoy, atraídos por la Cuba revolucionara que tantas pasiones e idilios ha levantado en el planeta desde siempre, y todavía. Temen llegar un día de estos a la que Carpentier llamara “la ciudad de las columnas”, y encontrarse un McDonald’s tras la espuma de las olas del mar, y que “el sueño” haya terminado.
También salen y entran más cubanos, que ahora pueden viajar, a muchos de los cuales “el sueño” ya les da igual. La mayoría está en el trapicheo, la lucha. Gente que sale a comprar e importar cosas desde el país que se pueda, incluso Haití, y las entran a Cuba para vender, consumir o intercambiar… también lo que se pueda. Así que el cubano vacacionista en el mundo sigue siendo raro, pero el negociante se ha convertido en una especie que se reproduce sin cesar.

Hace un año que no venía a La Habana. Como en mis viajes siempre me preguntan cómo está la situación en la isla, asumiendo que Cuba está cada día mejor con los cambios, uno llega a impregnarse de ese espíritu optimista e imagina que sí, que algo debe estar cambiando. Pero cuando regreso, y lo hago con frecuencia, al menos la respuesta de mis familiares, vecinos, amigos y conocidos no se ha modificado en un solo signo: “la cosa está cada día peor”.
En esta visita escuché quejas mordaces sobre “la situación”, hechas casi con entusiasmo, al poder encontrar en mí a un ser humano nuevo con quien sacar de adentro frustraciones. Puestas en palabras, provocan algo de alivio, es la catarsis necesaria para quienes que se quedaron.

Parece que la llegada del nuevo jefe de Estado, Miguel Díaz-Canel, y la nueva apertura de esperanzas (porque es lo último que se pierde), le permiten al pueblo ciertas comparaciones y hacen balance con la época de Raúl Castro. Pero, al menos en La Habana, la comida, el aseo y otros productos básicos siguen desaparecidos. La gente va con sonrisa en el rostro si consigue una calabaza, o si le bajan un peso cubano a la libra de fruta bomba. La felicidad a veces está en las cosas más simples, ¡qué se lo pregunten a un cubano!

Sin embargo, lo que de verdad tiene enervada a la gente por estos días es el transporte, que sufrí en carne propia, porque no importa si vives aquí o allá, si tienes dinero o no: no pasa un vehículo automotor por las calles, como si estuviéramos en estado de excepción. Y cuando pasa, te cobra las perlas de la Virgen, o lo que sencillamente no tienes, o aquello que sirve para alimentar un mes entero a la familia.

Una amiga me asegura que ha oído mencionar la palabra “huelga”, porque no hay forma de llegar a los trabajos y regresar. Yo conozco la situación, porque cuando estudiaba en la universidad (1999-2004), le dedicaba alrededor de cuatro horas al día a transportarme, y a veces más.

Por otro lado he despedido una Habana llena de hoteles nuevos, de servicios en CUC y –¡oh milagro!– que inauguró el primer servicio personal de datos móviles para que la gente pudiera usar el Internet en sus celulares. Ahora ya no serán solo tarjeticas de prepago para WiFi en plazas y parques públicos, sino que la gente que pueda pagarlo –o tenga familia fuera de Cuba que se lo pague– tendrá servicio de Internet en sus smartphones.

Cambiará la economía de Cuba, dijeron en la Mesa Redonda; pero yo sé que lo más importante es que ese pueblo que tiene que dedicar horas a transportarse y a buscar una calabaza, será el mismo que tendrá más acceso a la información. En la Mesa Redonda también dijeron que Fidel había avizorado que el Internet estaba hecho para los cubanos…

En la mañana de mi partida, esta isla llena de contrastes me regaló uno de los paisajes más hermosos que mi alma ha transitado. Mis pies volaban sobre las aceras rotas del Malecón, junto a mi Yemayá. Y los pulmones se me ensanchaban llenos de la brisa marítima antes de regresar a los más de dos mil metros de altura de la Ciudad de México, mi ciudad adoptiva. Fue allí donde escribí mentalmente esta columna que tecleo en el suelo del aeropuerto a punto de partir, para sentirme en circunstancia.

En el vuelo de ida mi compañero de asiento en el avión, un sonorense ignorante de todo ese absurdo surrealista que es Cuba, me aseguraba, como si yo nunca hubiera escuchado la frase, que los cubanos eran el pueblo más digno del mundo. Lo que yo encontré este diciembre en Cuba es una gran apatía, un deseo insoslayable de su gente por tener una vida un poquito mejor, casi a cualquier precio.

ONCUBA

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